sábado, 2 de octubre de 2010

Una nota desde el futuro...

Sostenía una amarillenta pieza de papel entre los dedos. La hoja parecía haber sido doblada decenas de veces, la tinta estaba corrida, pero se la oía murmurar mientras sus ojos volaban sobre aquellas letras tan familiares:

“La noche se cierne sobre la ciudad y una llovizna infinita cae sobre los techos de teja, zinc y acrílico. No cuelgan estrellas de ese manto frío de sombras y silencios, rotos por el ocasional destello de unas luces solitarias, acompañado por el roce de neumáticos contra pavimento húmedo. En esta penumbra yerta, rendida al ritmo forzado de urbes que agonizan bajo el humo de la codicia, se materializan imágenes nacidas en los sueños de los espíritus oprimidos. Las esperanzas que solamente afloran a la sombra del vigía distraído, cuando la guardia de la realidad está baja y las prohibiciones caen vencidas por la muda resistencia de unos ojos que imaginan.

Di que serás mi sueño en esta oscuridad tan larga, como lo has sido tantas veces antes, y que el brillo de tus ojos, la dulzura de tu sonrisa y el calor de tu toque seguirán dándome valor para marchar en este desierto amargo, que nos prohibiría soñar si no tuviéramos el amor”...

El mundo había cambiado mucho con los años, de hecho ya era raro encontrar algún niño que recordara como usar la imaginación; pero el hombre que dormía a su lado nunca lo olvidaría, porque su sueño más grande lo despertaba con un beso cada mañana.


No hay comentarios:

Publicar un comentario