Tenía la extraña costumbre de sentarse a fumar en el balcón del apartamennto durante las madrugadas. Igual que algunas personas leian y otras veian televisión, él fumaba mirando el cielo oscuro de la ciudad o las ventanas del frente.
No estaba loco ni era un boyerista declarado -pero qué culpa podía tener él si las vidas privadas de sus vecinos se fugaban por las ventanas y ningúno ponía cortinas para evitarlo- sólamente se aburria a muerte durante la noche. Incluso había llegado a apreciar las escapadas del calvo del cuarto piso para sacar un pedazo de pastel de chocolate de la nevera - porque ya conocía de sobra los platos inabarcables de lechuga con bastoncitos de apio y zanahoria que la mujer que vivia allí, seguramente su esposa, le servía para comer y había sido testigo del desgano con que masticaba cada bocado verde- para devorarlo de golpe con un solo trago de leche, tomada directamente de la caja, para desaparecer luego, sigilosamente, entre las sombras con el paso lento de quien a cometido el crimen perfecto.
También sabía de los encuentros furtivos del celador con la adolescente del sexto piso -más de una vez comprobó que la joven salía por los pasillos del edificio pasadas las dos de la madrugada para desaparecer rápidamente tras la puerta del shut de basuras y, en un acto perfectamente coordinado, ser seguida hacia aquel rincón por su vigilante favorito. Cinco, diez o quince minútos después, los veia salir por turnos... agitados y con la ropa a medio poner- pero su interés nunca fue delatarlos, sólo hacian parte del mundo exterior, el telón de fondo de sus cigarrillos...
(En este punto de la narración, Monita se durmió)
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