Por vez primera lograba aquel joven que la música fuera una extensión de su propia alma, cada acorde nacía cual si fuera una frase de su corazón; sin embargo, él sabía que aquello no era del todo un fruto de su propio talento sino, más bien, un producto del encanto de una criatura mística o, en otras palabras, de su encuentro con la princesa de aquel feudo. No podía hallar otra razón, cruzarse con los ojos de esa dulce doncella; esa mirada llena de tristeza, pero hermosa a la vez, que parecía llenarse de vida y amor cuando el muchacho cantaba para ella, lo sumió en un éxtasis extraño que hacía arder la sangre de todo su cuerpo con el solo pensamiento de aquella niña.
De ese modo pasarían días, semanas y meses en los que el músico gastaría todo su tiempo en la corte, buscando maneras nuevas de entretener a su soberana, con tal de conseguir una sonrisa o una mirada; hasta que una noche se dio cuenta de la terrible verdad: no importaba cuanto se esforzara por ello ni cuanto sufriera para renovar su repertorio, su espectáculo ya no hacía mella en el lúgubre velo de frialdad que cubría a su amada; ella se limitaba a mirarlo con lástima mientras esperaba a su príncipe azul...
Como quien cumple una profecía, poco tiempo después, la princesa echó al juglar del palacio tras ordenar que su laúd fuera convertido en astillas. Viéndose solo y con el corazón destrozado, Antón juró no volver a tocar o cantar nunca más, mientras se adentraba en lo profundo del bosque guiado por su propia amargura, refugiándose en el odio para no sentir el dolor.
Pasaron tres inviernos desde entonces; inviernos durante los cuales Antón únicamente esperaba tener la suerte de morir de frío; dormir durante una nevada para no despertar otra vez, para no pensar de nuevo en el rostro de la princesa, para dejar de llorar sin lagrimas, pero nunca logró su objetivo. Los días eran una sola pesadilla, ya no oía el canto de los pájaros ni veía los colores brillar, no sentía nada distinto de un vacío profundo y una oscuridad que lo extinguía poco a poco pero sin tregua.
Una tarde de otoño pocos días antes de que se iniciara el cuarto invierno de su martirio, aquel que Antón había señalado como la última estación de su existencia, el amargado juglar quiso recorrer las arboledas una vez más antes de darse por vencido ante lo que parecía ser su destino: la soledad de la muerte.
A pesar del viento helado que marcaba esa tarde, era agradable sentir el crujido de las hojas secas bajo sus pies y ver como la luz del sol daba paso a una noche despejada; en realidad ese ritual era lo único que le daba un poco de paz entre sus demonios, lo único que le proporcionaba alegría. Así, sin fijarse mucho en el rumbo que seguía, llegó a un claro del bosque donde se encontró con una jovencita que recogía bellotas mientras tarareaba una melodía que él supo reconocer... “Es mi canción, una de las tantas compuse para la princesa”.
El dolor del recuerdo se clavó profundamente en su interior con una fuerza como nunca antes había sentido; pero, haciendo un esfuerzo supremo por contenerse, se acercó a la mujer preguntando: -¿Dónde has oído eso?- a lo que ella respondió: -Es una canción muy conocida, pero el que la compuso desapareció hace tiempo sin dejar rastro. Después de semejante respuesta, Antón percibió como se le doblaban las piernas y caía al suelo, en tanto que las lagrimas caían por su rostro.
Viendo como ese hombre harapiento y de mirada amarga caía al suelo, ella se acercó apresurada queriendo ayudar. ¿Por qué lloras? –dijo preocupada, mientras se apartaba del rostro un brillante mechón castaño- Antón se limitó a asentir y, recobrando el control, afirmó con voz suave: “Esa era mi canción. Pero, aún si quisiera, ya no puedo tocar o cantar de ese modo; por eso me ves tan dolido”.
Con una enorme sonrisa en los labios, la muchacha le susurró al oído: Me llamo Lila; canta algo para mí por favor. ¡Ya te dije que no lo hago más! -contestó el juglar malhumorado- Además, no tengo un laúd para acompañarme.
Sin separar sus ojos de los de él, la muchacha hizo una seña a Antón para que la siguiera y un impulso irrefrenable de obedecerla lo inundó por completo; había tanta paz, tanta calidez en ella, que, por primera vez en todos esos años, el músico volvió a sentir que las notas bailaban en su alma.
De ese modo se internaron en lo más profundo del bosque, donde nadie se atrevía a ir, hasta que llegar al pie de una montaña donde las plantas y los árboles eran tan tupidos que parecía imposible continuar andando. Repentinamente, con un ligero movimiento de manos por parte de Lila, las plantas comenzaron a apartarse del camino para descubrir una pequeña gruta que penetraba en la pares de roca.
En este punto, ante la mirada asombrada de Antón, otro pase mágico convirtió las corrientes ropas de la muchacha en un brillante vestido de seda verde; hecho esto, ella comenzó a hablar con voz dulce: Mi querido juglar, soy Lillian, Reina de los bosques, guardiana de sus criaturas; he venido a ofrecerte mi amor, mi compañía y –del aire brotó el más hermoso instrumento que el ojo humano hubiera visto hasta entonces y se posó en las manos de Antón- un laúd digno de ti; todo lo que tienes que hacer, es tocar para mí.
Sin siquiera pensarlo, Antón comenzó a tocar el laúd mientras sus ojos se llenaban de lagrimas nuevamente; pero esta vez Lillian no intervino para consolarlo, porque vio que cada lagrima que caía al suelo hacía florecer las matas a su alrededor y comprendió que eran lagrimas de amor.
Nunca nadie volvió a ver a Antón y con los años el mundo olvidó sus canciones, pero algunos todavía encontramos una melodía de amor en el viento que sopla entre las ramas de los árboles o sentimos una suave caricia en el roce de una flor.
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