Sin embargo, entre todos los personajes de ese teatro particular, había uno que ganaba un protagonismo impresionante a fuerza de rehusarse a ser descifrado: la mujer del quinto piso, justo delante de su balcón.
La evidencia indicaba que vivía sola, sin amistades conocidas ni mascotas de ningún tipo, ni siquiera había indicios de algún visitante esporádico y, a diferencia del resto del elenco, nunca se encontraban en el escensor o en la puerta del edificio; simplemente, parecía un fantasma. Todo lo que podía decir de ella era que tocaba el violín casi todas las noches, más o menos a las mismas horas en las que él exhalaba la primera bocanada de la noche; demasiado tarde para un concierto y muy temprano para un ensayo... pero, gracias a ella, Mozart, Mahler, Brams y Vivaldi se convirtieron en amigos de ocasión para sus vagabundeos de tabaco.
Muy a su pesar, se vio obligado a admitir que, cada vez más, se sentaba en ese balcón para verla, para intentar intuir una historia increible tras sus extraños hábitos, ascechando ansioso por un atisbo de su rostro -que se imaginaba absorto en el extasis del arco deslizandose con presición y velocidad perfecta sobre las cuerdas templadas- mientras unos dedos largos, que tal vez sentiría ajenos, marcaban cada nota...
(En este punto de la narración, Monita se durmió)
No hay comentarios:
Publicar un comentario