sábado, 2 de octubre de 2010

¿Sí, buenas… para lo del domicilio?

La vida de mensajero pobre es muy triste, sobre todo cuando llueve sin parar y ni siquiera se dispone de una bicicleta para moverse o un impermeable para cubrirse; de todos modos, los domicilios del “Hecho con amor” casi nunca están muy lejos, llevar un pedido significa caminar apenas las tres o cuatro cuadras que significan la tremenda pereza que despierta en los vecinos el simple hecho de salir en medio del aguacero o cuando hace demasiado sol.

Pero a veces… a veces el dueño sale con aquella historia de que nosotros tenemos la obligación de darles gusto a nuestros clientes, debemos considerar que toda orden es prioritaria y, lo peor: nuestra labor es llevarla a tiempo a su destino, sin importar que esté al otro lado del planeta, siempre amables, siempre sonrientes… Cuando suena el teléfono es inevitable sentir un sobresalto en el pecho, que aumenta si la voz del patrón empieza con ese discurso. Queda claro que va a ser uno de esos días de “monte en buseta, apriétese en un colectivo, aguante las miradas molestas de los demás pasajeros porque aquella lata con sillas se convierte en un contenedor forzoso de los olores condimentados de una preparación casera hecha con amor”.

Ha pasado casi una hora desde que fui víctima de aquella fatídica llamada. Ya he cambiado de ruta dos veces, mi ropa se ha mojado y vuelto a secar otras tantas, y   descubrí un nuevo agujero en la suela de estos zapatos que llevo. Literalmente, he atravesado la ciudad de punta a punta con un paquetico minúsculo que no pesa casi nada -me pregunto si el jefe sabrá cuánto cuesta hacer estos domicilios, no entiendo por qué insiste en no cobrar recargos…

Parece que ya llegué –noventa minutos, dos lloviznas y tres asoleadas después- pero es un lugar extraño, rodeado por demoliciones viejas y obras nuevas sin acabar; un rinconcito verde, con mil puertas blancas, sin timbre y sin dirección… pero mi instinto me dice que este es el sitio que busco… Golpeo la puerta hasta el cansancio con la única moneda que me queda en el bolsillo. Pasado un rato, grito: ¿Sí, buenas… para lo del domicilio?

Como por arte de magia, oigo como giran la llave en la cerradura y una criatura con ojos brillantes extiende las manos del mismo modo que lo haría un niño -mientras susurra con voz dulce: ¡Gracias!- toma el paquete y cierra la puerta sin siquiera mirarme…

Durante el camino de vuelta recordé lo diferente que era este negocio, pensé en lo fácil que resultaba hacer las entregas cuando “Hecho con amor Inc.” era una multinacional gigantesca. Yo era piloto experimentado y comandaba las operaciones aéreas; el jefe tenía todo lo que se pudiera desear, un alto ejecutivo con el poder suficiente para poner de cabeza al mundo entero; todos éramos felices… pero el negocio se fue a pique, todo se perdió, ya nadie quería nuestro producto ¡Estábamos quebrados! Los aviones, camiones y barcos se vendieron para pagar deudas y evitar ir presos…Ahora, sólo quedamos el patrón y yo. 

En estos días casi nada se hace con amor. El deseo, la conveniencia y la hipocresía rigen en el mundo -muchas veces le he dicho al dueño que cambie su manera de trabajar, para ver si salimos de pobres y volvemos a triunfar- sin embargo, don Cupido, con el arco roto y las alas desflecadas, sigue terco en no abandonar a los pocos clientes que nos quedan, porque todavía saben distinguir a qué sabe el amor.

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