lunes, 4 de octubre de 2010

Sol de media noche PT. 2

Sin embargo, entre todos los personajes de ese teatro particular, había uno que  ganaba un protagonismo impresionante a fuerza de rehusarse a ser descifrado: la mujer del quinto piso, justo delante de su balcón.

La evidencia indicaba que vivía sola, sin amistades conocidas ni mascotas de ningún tipo, ni siquiera había indicios de algún visitante esporádico y, a diferencia del resto del elenco, nunca se encontraban en el escensor o en la puerta del edificio; simplemente, parecía un fantasma. Todo lo que podía decir de ella era que tocaba el violín casi todas las noches, más o menos a las mismas horas en las que él exhalaba la primera bocanada de la noche; demasiado tarde para un concierto y muy temprano para un ensayo... pero, gracias a ella, Mozart, Mahler, Brams y Vivaldi se convirtieron en amigos de ocasión para sus vagabundeos de tabaco.

Muy a su pesar, se vio obligado a admitir que, cada vez más, se sentaba en ese balcón para verla, para intentar intuir una historia increible tras sus extraños hábitos, ascechando ansioso por un atisbo de su rostro -que se imaginaba absorto en el extasis del arco deslizandose con presición y velocidad perfecta sobre las cuerdas templadas- mientras unos dedos largos, que tal vez sentiría ajenos, marcaban cada nota...

(En este punto de la narración, Monita se durmió)

sábado, 2 de octubre de 2010

Sol de media noche PT.1

Tenía la extraña costumbre de sentarse a fumar en el balcón del apartamennto durante las madrugadas. Igual que algunas personas leian y otras veian televisión, él fumaba mirando el cielo oscuro de la ciudad o las ventanas del frente.

No estaba loco ni era un boyerista declarado -pero qué culpa podía tener él si las vidas privadas de sus vecinos se fugaban por las ventanas y ningúno ponía cortinas para evitarlo- sólamente se aburria a muerte durante la noche. Incluso había llegado a apreciar las escapadas del calvo del cuarto piso para sacar un pedazo de pastel de chocolate de la nevera - porque ya conocía de sobra los platos inabarcables de lechuga con bastoncitos de apio y zanahoria que la mujer que vivia allí, seguramente su esposa, le servía para comer y había sido testigo del desgano con que masticaba cada bocado verde- para devorarlo de golpe con un solo trago de leche, tomada directamente de la caja, para desaparecer luego, sigilosamente, entre las sombras con el paso lento de quien a cometido el crimen perfecto.

También sabía de los encuentros furtivos del celador con la adolescente del sexto piso -más de una vez comprobó que la joven salía por los pasillos del edificio pasadas las dos de la madrugada para desaparecer rápidamente tras la puerta del shut de basuras y, en un acto perfectamente coordinado, ser seguida hacia aquel rincón por su vigilante favorito. Cinco, diez o quince minútos después, los veia salir por turnos... agitados y con la ropa a medio poner- pero su interés nunca fue delatarlos, sólo hacian parte del mundo exterior, el telón de fondo de sus cigarrillos...

(En este punto de la narración, Monita se durmió)

¿Sí, buenas… para lo del domicilio?

La vida de mensajero pobre es muy triste, sobre todo cuando llueve sin parar y ni siquiera se dispone de una bicicleta para moverse o un impermeable para cubrirse; de todos modos, los domicilios del “Hecho con amor” casi nunca están muy lejos, llevar un pedido significa caminar apenas las tres o cuatro cuadras que significan la tremenda pereza que despierta en los vecinos el simple hecho de salir en medio del aguacero o cuando hace demasiado sol.

Pero a veces… a veces el dueño sale con aquella historia de que nosotros tenemos la obligación de darles gusto a nuestros clientes, debemos considerar que toda orden es prioritaria y, lo peor: nuestra labor es llevarla a tiempo a su destino, sin importar que esté al otro lado del planeta, siempre amables, siempre sonrientes… Cuando suena el teléfono es inevitable sentir un sobresalto en el pecho, que aumenta si la voz del patrón empieza con ese discurso. Queda claro que va a ser uno de esos días de “monte en buseta, apriétese en un colectivo, aguante las miradas molestas de los demás pasajeros porque aquella lata con sillas se convierte en un contenedor forzoso de los olores condimentados de una preparación casera hecha con amor”.

Ha pasado casi una hora desde que fui víctima de aquella fatídica llamada. Ya he cambiado de ruta dos veces, mi ropa se ha mojado y vuelto a secar otras tantas, y   descubrí un nuevo agujero en la suela de estos zapatos que llevo. Literalmente, he atravesado la ciudad de punta a punta con un paquetico minúsculo que no pesa casi nada -me pregunto si el jefe sabrá cuánto cuesta hacer estos domicilios, no entiendo por qué insiste en no cobrar recargos…

Parece que ya llegué –noventa minutos, dos lloviznas y tres asoleadas después- pero es un lugar extraño, rodeado por demoliciones viejas y obras nuevas sin acabar; un rinconcito verde, con mil puertas blancas, sin timbre y sin dirección… pero mi instinto me dice que este es el sitio que busco… Golpeo la puerta hasta el cansancio con la única moneda que me queda en el bolsillo. Pasado un rato, grito: ¿Sí, buenas… para lo del domicilio?

Como por arte de magia, oigo como giran la llave en la cerradura y una criatura con ojos brillantes extiende las manos del mismo modo que lo haría un niño -mientras susurra con voz dulce: ¡Gracias!- toma el paquete y cierra la puerta sin siquiera mirarme…

Durante el camino de vuelta recordé lo diferente que era este negocio, pensé en lo fácil que resultaba hacer las entregas cuando “Hecho con amor Inc.” era una multinacional gigantesca. Yo era piloto experimentado y comandaba las operaciones aéreas; el jefe tenía todo lo que se pudiera desear, un alto ejecutivo con el poder suficiente para poner de cabeza al mundo entero; todos éramos felices… pero el negocio se fue a pique, todo se perdió, ya nadie quería nuestro producto ¡Estábamos quebrados! Los aviones, camiones y barcos se vendieron para pagar deudas y evitar ir presos…Ahora, sólo quedamos el patrón y yo. 

En estos días casi nada se hace con amor. El deseo, la conveniencia y la hipocresía rigen en el mundo -muchas veces le he dicho al dueño que cambie su manera de trabajar, para ver si salimos de pobres y volvemos a triunfar- sin embargo, don Cupido, con el arco roto y las alas desflecadas, sigue terco en no abandonar a los pocos clientes que nos quedan, porque todavía saben distinguir a qué sabe el amor.

Vértigo.

Sintió la luz solar brillar cálida, cegadora, sobre sí, como atravesándola; sin saber donde estaba, se vio rodar por aquella pendiente extraña dando tumbos sin control.

A cada salto se acercaba a un abismo oscuro que se insinuaba tras un filo redondeado, pero seguía rodando sin poder parar, sin hallar un asidero para salvarse. Caía en un alarido de pavor, dejando la marca de su trayecto sobre la colina.

De pronto comprendió que no había escapatoria posible, estaba perdida, y la resignación la invadió; con una última exhalación se precipito impotente hacia el vacío, sintiendo como el vértigo aprisionaba su ser antes de estrellarse aparatosamente contra el fondo.

-Ya pasó, mi chiquitín, solo fue un rasponcito- dijo mamá limpiando una rodilla infantil, mientras veía rodar una lagrima por la sonrosada mejilla del pequeño...

Profecía.

Se apresuró como queriendo atrapar aquella silueta borrosa que el amanecer le robaba día tras día pero, como siempre, la visión se desvaneció junto con las brumas encantadoras del sueño, dejándolo solo con la alegría de su encuentro imaginado. Pues, a pesar de lo triste de su situación, no podía renunciar a lo que sentía y se conformaba con encontrarla cada noche mientras dormía.

Las semanas pasaban como minutos y no podía desprenderse de aquella presencia que lo invadía todo; la ciudad le ofrecía por doquier imágenes de su amada. Cada sitio, cada persona, cada palabra, cada aroma, traía a su memoria una parte de ella; como si las calles fuesen un espejismo de la mujer que le escribió su nombre con besos en el corazón.

¡Amor! Esa palabra sonaba más dulce cuando ella estaba a su lado; ahora que estaban tan lejos el uno del otro, ya no era exactamente dulce pero si se sentía más verdadera, llena de sentido, porque era la justificación de su pena y su regocijo; era la única razón que impedía que lo llamaran loco por pasar la vida soñando con la promesa de un beso, la luz tibia de una mirada y  el suave toque de unas manos.

Volver a encontrarla sería su recompensa mayor; saber que todo es posible entre dos que se quieren, sentir que de las heridas de la ausencia brotará un nuevo jardín de flores aromáticas y que no habrá en el mundo nada más cierto que ese amor...

Así lo vio en sus sueños la noche antes de su partida, y se prometió a sí mismo que esperaría por el día en que su profecía se hiciera realidad.

Una nota desde el futuro...

Sostenía una amarillenta pieza de papel entre los dedos. La hoja parecía haber sido doblada decenas de veces, la tinta estaba corrida, pero se la oía murmurar mientras sus ojos volaban sobre aquellas letras tan familiares:

“La noche se cierne sobre la ciudad y una llovizna infinita cae sobre los techos de teja, zinc y acrílico. No cuelgan estrellas de ese manto frío de sombras y silencios, rotos por el ocasional destello de unas luces solitarias, acompañado por el roce de neumáticos contra pavimento húmedo. En esta penumbra yerta, rendida al ritmo forzado de urbes que agonizan bajo el humo de la codicia, se materializan imágenes nacidas en los sueños de los espíritus oprimidos. Las esperanzas que solamente afloran a la sombra del vigía distraído, cuando la guardia de la realidad está baja y las prohibiciones caen vencidas por la muda resistencia de unos ojos que imaginan.

Di que serás mi sueño en esta oscuridad tan larga, como lo has sido tantas veces antes, y que el brillo de tus ojos, la dulzura de tu sonrisa y el calor de tu toque seguirán dándome valor para marchar en este desierto amargo, que nos prohibiría soñar si no tuviéramos el amor”...

El mundo había cambiado mucho con los años, de hecho ya era raro encontrar algún niño que recordara como usar la imaginación; pero el hombre que dormía a su lado nunca lo olvidaría, porque su sueño más grande lo despertaba con un beso cada mañana.


LA CANCIÓN DEL JUGLAR

Una vez en un reino muy lejano, donde la magia y los milagros eran cosa de todos los días; Antón, un juglar novato recorría el bosque mientras componía melodías, inspirado por los perfumes y sonidos que flotaban en el fresco aire matutino; a medida que sus pasos lo guiaban por caminos cubiertos de floridos arbustos, las notas de su laúd se tejían unas con otras para construir una hermosa canción, bella como un sol naciente, dulce como una caricia de amor.

Por vez primera lograba aquel joven que la música fuera una extensión de su propia alma, cada acorde nacía cual si fuera una frase de su corazón; sin embargo, él sabía que aquello no era del todo un fruto de su propio talento sino, más bien, un producto del encanto de una criatura mística o, en otras palabras, de su encuentro con la princesa de aquel feudo. No podía hallar otra razón, cruzarse con los ojos de esa dulce doncella; esa mirada llena de tristeza, pero hermosa a la vez, que parecía llenarse de vida y amor cuando el muchacho cantaba para ella, lo sumió en un éxtasis extraño que hacía arder la sangre de todo su cuerpo con el solo pensamiento de aquella niña.

De ese modo pasarían días, semanas y meses en los que el músico gastaría todo su tiempo en la corte, buscando maneras nuevas de entretener a su soberana, con tal de conseguir una sonrisa o una mirada; hasta que una noche se dio cuenta de la terrible verdad: no importaba cuanto se esforzara por ello ni cuanto sufriera para renovar su repertorio, su espectáculo ya no hacía mella en el lúgubre velo de frialdad  que cubría a su amada; ella se limitaba a mirarlo con lástima mientras esperaba a su príncipe azul...

Como quien cumple una profecía, poco tiempo después, la princesa echó al juglar del palacio tras ordenar que su laúd fuera convertido en astillas. Viéndose solo y con el corazón destrozado, Antón juró no volver a tocar o cantar nunca más, mientras se adentraba en lo profundo del bosque guiado por su propia amargura, refugiándose en el odio para no sentir el dolor.

Pasaron tres inviernos desde entonces; inviernos durante los cuales Antón únicamente esperaba tener la suerte de morir de frío; dormir durante una nevada para no despertar otra vez, para no pensar de nuevo en el rostro de la princesa, para dejar de llorar sin lagrimas, pero nunca logró su objetivo. Los días eran una sola pesadilla, ya no oía el canto de los pájaros ni veía los colores brillar, no sentía nada distinto de un vacío profundo y una oscuridad que lo extinguía poco a poco pero sin tregua.

Una tarde de otoño pocos días antes de que se iniciara el cuarto invierno de su martirio, aquel que Antón había señalado como la última estación de su existencia, el amargado  juglar  quiso recorrer las arboledas una vez más antes de darse por vencido ante lo que parecía ser su destino: la soledad de la muerte.

A pesar del viento helado que marcaba esa tarde, era agradable sentir el crujido de las hojas secas bajo sus pies y ver como la luz del sol daba paso a una noche despejada; en realidad ese ritual era lo único que le daba un poco de paz entre sus demonios, lo único que le proporcionaba alegría. Así, sin fijarse mucho en el rumbo que seguía, llegó a un claro del bosque donde se encontró con una jovencita que recogía bellotas mientras tarareaba una melodía que él supo reconocer... “Es mi canción, una de las tantas compuse para la princesa”.

El dolor del recuerdo se clavó profundamente en su interior con una fuerza como nunca antes había sentido; pero, haciendo un esfuerzo supremo por contenerse, se acercó a la mujer preguntando: -¿Dónde has oído eso?- a lo que ella respondió: -Es una canción muy conocida, pero el que la compuso desapareció hace tiempo sin dejar rastro. Después de semejante respuesta, Antón percibió como se le doblaban las piernas y caía al suelo, en tanto que las lagrimas caían por su rostro.

Viendo como ese hombre harapiento y de mirada amarga caía al suelo, ella se acercó apresurada queriendo ayudar. ¿Por qué lloras? –dijo preocupada, mientras se apartaba del rostro un brillante mechón castaño- Antón se limitó a asentir y, recobrando el control, afirmó con voz suave: “Esa era mi canción. Pero, aún si quisiera, ya no puedo tocar o cantar de ese modo; por eso me ves tan dolido”.

Con una   enorme sonrisa en los labios, la muchacha le susurró al oído: Me llamo Lila; canta algo para mí por favor. ¡Ya te dije que no lo hago más! -contestó el juglar malhumorado- Además, no tengo un laúd para acompañarme.

Sin separar sus ojos de los de él, la muchacha hizo una seña a Antón para que la siguiera y un impulso irrefrenable de obedecerla lo inundó por completo; había tanta paz, tanta calidez en ella, que, por primera vez en todos esos años, el músico volvió a sentir que las notas bailaban en su  alma.

De ese modo se internaron en lo más profundo del bosque, donde nadie se atrevía a ir, hasta que llegar al pie de una montaña donde las plantas y los árboles eran tan tupidos que parecía imposible continuar andando. Repentinamente, con un ligero movimiento de manos por parte de Lila, las plantas comenzaron a apartarse del camino para descubrir una pequeña gruta que penetraba en la pares de roca.

En este punto, ante la mirada asombrada de Antón, otro pase mágico convirtió las corrientes ropas de la muchacha en  un brillante vestido de seda verde; hecho esto, ella  comenzó a hablar con voz dulce: Mi querido juglar, soy Lillian, Reina de los bosques, guardiana de sus criaturas; he venido a ofrecerte mi amor, mi compañía y –del aire brotó el más hermoso instrumento que el ojo humano hubiera visto hasta entonces y se posó en las manos de Antón- un laúd digno de ti; todo lo que tienes que hacer, es tocar para mí.

Sin siquiera pensarlo, Antón comenzó a tocar el laúd mientras sus ojos se llenaban de lagrimas nuevamente; pero esta vez Lillian no intervino para consolarlo, porque vio que cada lagrima que caía al suelo hacía florecer las matas a su alrededor y comprendió que eran lagrimas de amor.

Nunca nadie volvió a ver a Antón y con los años el mundo olvidó sus canciones, pero algunos todavía encontramos una melodía de amor en el viento que sopla entre las ramas de los árboles o sentimos una suave caricia en el roce de una flor.