sábado, 2 de octubre de 2010

Profecía.

Se apresuró como queriendo atrapar aquella silueta borrosa que el amanecer le robaba día tras día pero, como siempre, la visión se desvaneció junto con las brumas encantadoras del sueño, dejándolo solo con la alegría de su encuentro imaginado. Pues, a pesar de lo triste de su situación, no podía renunciar a lo que sentía y se conformaba con encontrarla cada noche mientras dormía.

Las semanas pasaban como minutos y no podía desprenderse de aquella presencia que lo invadía todo; la ciudad le ofrecía por doquier imágenes de su amada. Cada sitio, cada persona, cada palabra, cada aroma, traía a su memoria una parte de ella; como si las calles fuesen un espejismo de la mujer que le escribió su nombre con besos en el corazón.

¡Amor! Esa palabra sonaba más dulce cuando ella estaba a su lado; ahora que estaban tan lejos el uno del otro, ya no era exactamente dulce pero si se sentía más verdadera, llena de sentido, porque era la justificación de su pena y su regocijo; era la única razón que impedía que lo llamaran loco por pasar la vida soñando con la promesa de un beso, la luz tibia de una mirada y  el suave toque de unas manos.

Volver a encontrarla sería su recompensa mayor; saber que todo es posible entre dos que se quieren, sentir que de las heridas de la ausencia brotará un nuevo jardín de flores aromáticas y que no habrá en el mundo nada más cierto que ese amor...

Así lo vio en sus sueños la noche antes de su partida, y se prometió a sí mismo que esperaría por el día en que su profecía se hiciera realidad.

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